martes, abril 20
Los siete enanitos...
...se fueron de paseo a Italia. Qué, acaso está mal que unos pobres empleados de una escribanía se tomen unas vacaciones, eh? (ah, perdón, me dejé influenciar por los radiocines de Dolina, eran mineros pero igual tenían derecho!). Ya que andaban por ahí, se hicieron una escapada al Vaticano, vió cómo es uno cuando se predispone a conocer. Solicitaron una audiencia con Su Santidad y éste resolvió atenderlos prontamente, pues eran los famosos siete enanitos del cuento. Ya en la reunión, Gruñón, uno de los siete (no confundir con su homónimo pitufo), se aventura (¿?) a preguntarle al Papa:
_Señor...(los enanitos no sabían de tratamientos), le quería preguntar: cuantas monjitas enanas hay en Roma?
El Papa, entre dubitativo y asombrado por la calidad de la pregunta, responde:
_Mira hijo, que yo sepa no hay monjas enanas en Roma.
Se escucha de fondo el murmullo de los otros seis. Gruñón no se conforma y quiere ahondar, característica fundamental de los enanitos:
_Pero en toda Italia, Padre, hay manjas enanas? (porfiado el hombre)
El Papa niega y acrecienta los murmullos de los restantes enanitos.
_Pero don Papa (ya advertimos de la ignorancia casi irrespetuosa de los protagonistas de este cuento), en el mundo, hay monjas enanas, verdad?
El Pontífice, ya un poco harto para que negarlo, responde de modo inapelabe:
_No queridito, no hay monjas enanas en ningún lado!
A lo que sigue el estallido de risas de los seis enanitos que contemplaban la escena, que rodearon a Gruñón y regodeándose de él entonaron el siguiente canto: Gruñón se fifó un pingüino, lará lará lará!!!
_Señor...(los enanitos no sabían de tratamientos), le quería preguntar: cuantas monjitas enanas hay en Roma?
El Papa, entre dubitativo y asombrado por la calidad de la pregunta, responde:
_Mira hijo, que yo sepa no hay monjas enanas en Roma.
Se escucha de fondo el murmullo de los otros seis. Gruñón no se conforma y quiere ahondar, característica fundamental de los enanitos:
_Pero en toda Italia, Padre, hay manjas enanas? (porfiado el hombre)
El Papa niega y acrecienta los murmullos de los restantes enanitos.
_Pero don Papa (ya advertimos de la ignorancia casi irrespetuosa de los protagonistas de este cuento), en el mundo, hay monjas enanas, verdad?
El Pontífice, ya un poco harto para que negarlo, responde de modo inapelabe:
_No queridito, no hay monjas enanas en ningún lado!
A lo que sigue el estallido de risas de los seis enanitos que contemplaban la escena, que rodearon a Gruñón y regodeándose de él entonaron el siguiente canto: Gruñón se fifó un pingüino, lará lará lará!!!
miércoles, abril 14
El sexo en la 3ª edad...
...es como jugar al billar con una soga!
Esta certera vivencia fue compartida por el inolvidable Juan Verdaguer.
Dejando de lado consideraciones farmacológicas sobre píldoras y cremas empalagosas que no vienen al caso (sino al coso), centraremos el analiss en el billar. Centenario juego, su dinámica nos recuerda al choque de cuerpos en el acto amatorio. En efecto, se requiere de un palo (que algunos maleducados llaman "taco"), unas bolas lisas o rayadas (cada quien las tiene como puede), y unos agujeros. El impacto pretende siempre en última instancia alcanzar el hueco y satisfacerlo plenamente. Ahora bien, reemplacemos cualquiera de los elementos antes mencionados por una soga o piolín grueso. La misma no puede ser bola ni agujero (al menos al que escribe no lo conformaría), pero puesta en reemplazo del palo, nos obliga a ser altamente ingenioso para dar certeros golpes. Que un latigazo, que amarrar un objeto sólido, que armar un lazo.., nada es efectivo.
El resultado es lapidario: zapatero a tus zapatos, si llegas bien a la tercera (y última) edad, para qué renegar con juegos extranjerizantes practicados sobre una mesa, si dispones de toda una cancha para arrimar el bochín y, de vez en cuando, pegar un buen bochazo!
Esta certera vivencia fue compartida por el inolvidable Juan Verdaguer.
Dejando de lado consideraciones farmacológicas sobre píldoras y cremas empalagosas que no vienen al caso (sino al coso), centraremos el analiss en el billar. Centenario juego, su dinámica nos recuerda al choque de cuerpos en el acto amatorio. En efecto, se requiere de un palo (que algunos maleducados llaman "taco"), unas bolas lisas o rayadas (cada quien las tiene como puede), y unos agujeros. El impacto pretende siempre en última instancia alcanzar el hueco y satisfacerlo plenamente. Ahora bien, reemplacemos cualquiera de los elementos antes mencionados por una soga o piolín grueso. La misma no puede ser bola ni agujero (al menos al que escribe no lo conformaría), pero puesta en reemplazo del palo, nos obliga a ser altamente ingenioso para dar certeros golpes. Que un latigazo, que amarrar un objeto sólido, que armar un lazo.., nada es efectivo.
El resultado es lapidario: zapatero a tus zapatos, si llegas bien a la tercera (y última) edad, para qué renegar con juegos extranjerizantes practicados sobre una mesa, si dispones de toda una cancha para arrimar el bochín y, de vez en cuando, pegar un buen bochazo!
martes, abril 13
Perdió el tren...
...se va en zorra!
Este conocido dicho popular suele expresarse ante la presencia de una señorita de apretados (y por qué no profundos) pantalones y/o calzas y/o lo que venga al caso. De dudosa recepción por parte de la homenajeada, es a la par acompañado por la nula comprensión de su significado, a medida que los trenes desaparecen de nuestra memoria.
En un pasado no muy lejano, el pobre tipo que por verse atrapado por el tiempo debía resignar su viaje ferroviario, contaba no obstante con la posibilidad de llegar a su destino en un vehículo alternativo: la zorra.
Dicho móvil férreo pudo verse en numerosos filmes del lejano oeste, cuando un bandolero escapaba en el susodicho, accionando su mecanismo motriz, que nos recuerda a un sube_y_baja. Hoy día, aunque más modernas y a motor, las zorras se ven despojadas del nombre que exhibían con orgullo, destronadas por el insaciable apetito masculino, que a cualquier bagre lo llama pejerrey!
Este conocido dicho popular suele expresarse ante la presencia de una señorita de apretados (y por qué no profundos) pantalones y/o calzas y/o lo que venga al caso. De dudosa recepción por parte de la homenajeada, es a la par acompañado por la nula comprensión de su significado, a medida que los trenes desaparecen de nuestra memoria.
En un pasado no muy lejano, el pobre tipo que por verse atrapado por el tiempo debía resignar su viaje ferroviario, contaba no obstante con la posibilidad de llegar a su destino en un vehículo alternativo: la zorra.
Dicho móvil férreo pudo verse en numerosos filmes del lejano oeste, cuando un bandolero escapaba en el susodicho, accionando su mecanismo motriz, que nos recuerda a un sube_y_baja. Hoy día, aunque más modernas y a motor, las zorras se ven despojadas del nombre que exhibían con orgullo, destronadas por el insaciable apetito masculino, que a cualquier bagre lo llama pejerrey!
1º poste
Este escueto blog servirá de guía para las personas que carezcan de todo ingenio a la hora de encontrarle un sentido a diversos cuentos, chistes, apodos y otras yerbas.
Si tú joven/a eres uno de ellos, bienvenido...
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